¿Por qué todavía nos cuesta tanto hablar del deseo sexual femenino?
Hace poco leí sobre un documental que me dejó pensando: The Pink Pill: Sex, Drugs & Who Has Control?
El documental habla de la historia de Addyi, una pastilla aprobada por la FDA en Estados Unidos para tratar el trastorno del deseo sexual hipoactivo en mujeres, conocido como HSDD. Para entendernos: mujeres que no solo tienen bajo deseo sexual, sino que además lo viven con malestar, preocupación o tristeza.
Lo interesante no es solo la pastilla en sí. De hecho, cualquier tratamiento de este tipo tiene que valorarse siempre con profesionales, porque cada cuerpo, cada historia y cada etapa son distintas.
Lo interesante es la pregunta de fondo que plantea el documental:
¿Por qué la salud sexual masculina se ha tratado durante años como algo urgente, normal y digno de investigación, mientras que el deseo femenino muchas veces se ha quedado en un rincón?
Y ahí creo que hay muchísimo que hablar.
Porque cuando se habla de sexualidad masculina, parece que todo el mundo entiende rápido que puede haber una solución, una consulta, un tratamiento, una conversación médica. Pero cuando una mujer dice que ha perdido el deseo, que no se reconoce, que algo ha cambiado o que esa parte de su vida le preocupa, muchas veces la respuesta se queda en un “será estrés”, “será la edad”, “eso es normal”, “ya se pasará” o directamente silencio.
Y sí, a veces será estrés. O cansancio. O una etapa. O las hormonas. O la relación. O todo junto.
Pero que sea común no significa que no importe.
El deseo femenino no es un capricho
Durante mucho tiempo se ha hablado de la salud sexual femenina casi siempre desde el embarazo, la anticoncepción, la regla, la fertilidad o las revisiones ginecológicas.
Todo eso es importantísimo, claro.
Pero la salud sexual también tiene que ver con el deseo, el placer, la ausencia de dolor, la comodidad con tu cuerpo, la intimidad, la confianza, los límites y la posibilidad de decir “esto me pasa” sin sentir que estás exagerando.
El deseo no es una obligación. Nadie debería sentirse presionada a tener ganas, ni a funcionar de una manera concreta, ni a cumplir con una idea de lo que “debería” ser una vida sexual normal.
Pero tampoco debería ser un tema invisible.
Porque hay mujeres que lo viven con preocupación. Hay mujeres que sienten que han cambiado y no entienden por qué. Hay mujeres que después de una maternidad, una etapa de ansiedad, una medicación, una ruptura, una enfermedad, la perimenopausia o simplemente años de agotamiento empiezan a sentirse desconectadas de esa parte de sí mismas.
Y muchas veces no lo dicen.
Por vergüenza, por no preocupar o no parecer frías, por no abrir un melón incómodo en la pareja, no sentirse juzgadas o por no saber ni cómo explicarlo.
No siempre es “no tengo ganas” y ya está
A veces se resume todo en una frase demasiado corta: “no tengo ganas”.
Pero detrás puede haber muchas capas.
Puede haber cansancio acumulado, estrés, falta de sueño, ansiedad, dolor, cambios hormonales, anticonceptivos, antidepresivos, posparto, perimenopausia, menopausia, baja autoestima, rutina, resentimiento, miedo, presión, problemas de pareja o esa sensación de vivir todo el día en modo supervivencia.
Y cuando una está sobreviviendo, el deseo muchas veces se apaga o se queda muy lejos.
A veces el cuerpo simplemente está diciendo: “mira, ahora mismo tengo otras prioridades, y una de ellas es no colapsar”.
Por eso este tema hay que mirarlo con mucha más calma y bastante menos juicio.
Lo que cuenta The Pink Pill es incómodo, pero necesario
La historia de Addyi es curiosa porque fue el primer tratamiento aprobado por la FDA para el bajo deseo sexual femenino. La flibanserina se aprobó en 2015 para mujeres premenopáusicas con HSDD (Trastorno del deseo sexual hipoactivo. Dicho en cristiano: es cuando una persona tiene muy poco o ningún deseo sexual de forma persistente, y eso además le genera malestar, preocupación o problemas en su vida o en su relación.), y en 2025 se amplió la aprobación para mujeres posmenopáusicas menores de 65 años. El documental The Pink Pill pone el foco no solo en el medicamento, sino en la batalla cultural y médica que hubo alrededor de algo tan básico como tomarse en serio el deseo femenino.
Y aquí viene lo fuerte: durante años ha habido muchísimas opciones, estudios y conversación alrededor de la disfunción sexual masculina, mientras que la sexualidad femenina se ha tratado muchas veces como algo secundario, complicado, psicológico, exagerado o directamente incómodo de abordar.
No se trata de decir que una pastilla sea la solución para todo. Para nada.
De hecho, reducir el deseo femenino a una pastilla sería quedarse muy corto, porque el deseo tiene cuerpo, cabeza, relación, contexto, hormonas, descanso, autoestima, seguridad, comunicación y etapa vital.
Pero sí me parece importante que exista investigación, conversación y opciones. Que no se minimice. Que no se nos mande a casa con un “relájate”. Que no se trate el placer femenino como si fuera un lujo menor.
Porque no estamos hablando de frivolidad. Estamos hablando de salud, bienestar y calidad de vida.
También influye cómo nos han educado
Aquí hay otra capa importante.
Muchas mujeres hemos crecido con mensajes muy contradictorios. Se esperaba que fuéramos atractivas, femeninas, deseables, cuidadas, pero al mismo tiempo hablar del propio deseo podía verse como algo incómodo, poco fino o directamente fuera de lugar.
Luego llega la vida adulta y se supone que una tiene que saber comunicarse, disfrutar, poner límites, no fingir, no compararse, entender su cuerpo, decir lo que quiere, decir lo que no quiere y hacerlo todo con naturalidad.
Pues bastante hacemos.
Porque si nunca nos han enseñado a hablar de deseo, placer, cambios hormonales, límites o incomodidades sin vergüenza, es normal que muchas lleguemos a ciertas etapas sin saber muy bien cómo nombrar lo que nos pasa.
Y lo que no se nombra, muchas veces se vive a solas.
Cuando el cuerpo cambia, también puede cambiar el deseo
El deseo no es una línea recta.
Cambia con la edad, con el descanso, con la relación, con el estrés, con cómo te sientes en tu cuerpo, con las hormonas y con lo que estás viviendo.
Hay mujeres que lo notan después de ser madres. Otras en una etapa de ansiedad. Otras durante la perimenopausia. Otras después de una pérdida, una separación, una enfermedad, una medicación o una temporada larga de agotamiento.
Y a veces no hace falta buscar una gran explicación dramática. A veces estás cansada, saturada, desconectada de ti, con la cabeza llena, durmiendo mal y gestionando demasiadas cosas.
El cuerpo escucha todo eso.
Por eso me parece tan importante dejar de hablar del deseo femenino como si fuera un interruptor que se enciende o se apaga sin más.
Ir al médico debería ser más fácil
Una de las cosas que más se repiten cuando hablas con mujeres es la sensación de que ciertos temas no siempre se toman en serio.
Dolor en las relaciones, sequedad, falta de deseo, cambios hormonales, cansancio extremo, efectos secundarios de anticonceptivos o medicación, suelo pélvico, posparto, perimenopausia… muchas veces se normalizan tanto que parece que toca aguantar.
Y claro, no todo tiene que medicalizarse. No se trata de pedir una receta para cada etapa de la vida.
Pero tampoco se trata de aguantar en silencio.
Si algo te preocupa, si hay dolor, si el cambio es brusco, si afecta a tu relación o a cómo te sientes contigo misma, merece ser escuchado.
Quizá la respuesta tenga que ver con hormonas, con descanso, con salud mental, con comunicación de pareja, con medicación, con suelo pélvico, con estrés o con una mezcla de todo. Pero para llegar ahí primero tiene que haber una conversación real.
Y una consulta donde no te sientas ridícula por sacar el tema.
Algunas preguntas para mirarlo sin machacarnos
Antes de pensar “hay algo mal en mí”, quizá podemos empezar por preguntas más amables.
¿Estoy descansando o vivo agotada?
¿Me siento cómoda en mi cuerpo ahora mismo?
¿Hay dolor, molestias o cambios físicos que debería consultar?
¿Estoy tomando algún medicamento o anticonceptivo que pueda influir?
¿Me siento escuchada en mi relación?
¿Tengo espacio mental para el deseo o voy todo el día en modo supervivencia?
¿Estoy confundiendo falta de deseo con cansancio, desconexión, rutina o resentimiento acumulado?
¿Me apetece entender qué me pasa sin juzgarme?
No son preguntas para culpabilizarnos. Son preguntas para dejar de tratarnos como si tuviéramos que funcionar igual todos los días, en todas las etapas y bajo cualquier circunstancia.
Hablarlo también ayuda a que otras no se sientan raras
A veces basta con que una mujer diga “a mí también me ha pasado” para que otra respire.
No hace falta contar detalles íntimos si no apetece. Cada una decide hasta dónde quiere compartir. Pero sí podemos hablar del tema de una forma adulta, respetuosa y sin vergüenza.
Podemos hablar de deseo bajo, de etapas raras, de cambios con la edad, de perimenopausia, de posparto, de cansancio, de cuerpo, de pareja, de autoestima o de consultas médicas donde nos hemos sentido escuchadas o no escuchadas.
No para dar soluciones mágicas, sino para abrir una conversación que muchas veces sigue demasiado cerrada.
Para comentar
¿Conocíais la historia de The Pink Pill o de Addyi?
¿Creéis que todavía cuesta hablar del deseo sexual femenino con naturalidad?
¿Habéis sentido alguna vez que ciertos cambios en vuestro cuerpo o en vuestra libido se minimizaban?
¿Pensáis que la salud sexual femenina se toma suficientemente en serio?
¿Os parece que hay más información, más tratamientos y más conversación sobre sexualidad masculina que femenina?
¿Habéis tenido alguna etapa en la que vuestro deseo cambiara mucho y os costara entender qué pasaba?
Os leo con mucho respeto, porque este es un tema delicado, pero también necesario. Y quizá hablarlo sin morbo, sin presión y sin vergüenza sea una forma de empezar a normalizar algo que forma parte de la salud y de la vida de muchas mujeres.